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Virus y Estado débil… y cada vez más débil

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Virus y Estado débil… y cada vez más débil

El virus halló en México un Estado historicamente débil y en los últimos años disminuido bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Tuvo que ser el más pequeño y elemental agente biológico, un virus, el que descubrió ante nuestros ojos el tamaño del deterioro estatal. Un deterioro producto de la crisis de la idea misma del Estado como un contrato social entre individuos y autoridad para garantizar el orden social en el país.

El virus halló en México un Estado historicamente débil y en los últimos años disminuido bajo el gobierno de AMLO.

El problema es en parte conceptual. No se acaba de entender en el país la diferencia entre Estado, régimen, y gobierno. Conceptos distintos pero que se usan de forma arbitraria como sinónimos. Grosso modo, el Estado es el conjunto de organizaciones burocráticas; el régimen, las reglas para acceder a ellas; y el gobierno, las personas que las dirigen, controlan, y administran. La gramática importa. Por ello cuando la gente dice “fue el Estado” se equivoca. La corrupción de un gobierno, su incapacidad, su desidia, incluso sus crímenes son responsabilidad de individuos con nombre y apellido. Culpar al Estado de los males del país es exculpar a estos individuos y, peor aún, estigmatizar a las instituciones que pudieran en todo caso subsanar el daño causado. 

La animosidad frente a la idea del Estado fue capitalizada por AMLO en 2018. Travestido de “outsider” pero sin acabar de ocultar sus 40 largos años en política partidista, se ha dedicado a demoler el Estado que encabeza —o como él lo llama de forma reveladora, el “instrumento burocrático.” Actuando no como inquilino sino como dueño, en el corto tiempo que lleva en el gobierno le ha causado ya un daño mayúsculo al Estado y sus instituciones. Bajo el cuento del combate a la corrupción, canceló el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) que se planeó a lo largo de tres sexenios, disolvió a la Policía Federal y al casi centenario Estado Mayor Presidencial, eliminó los programas de transferencias PROSPERA y las Estancias Infantiles, y más recientemente el Seguro Popular y todos los fideicomisos públicos. Tan sólo por dar unos ejemplos.

Travestido de “outsider” pero sin acabar de ocultar sus 40 largos años en política partidista, se ha dedicado a demoler el Estado que encabeza.

La llegada del virus debería llevar a muchos a sopesar la conveniencia de estas decisiones, pues ha quedado de manifiesto la necesidad de contar con instituciones que coordinen acciones colectivas. En los siglos XVII (Paz de Westfalia) y XVIII (estado absoluto) estas instituciones, hijas de la necesidad básica de sobrevivir como especie, derivaron en el Estado moderno. En la misma línea, el virus también debería llevarnos a pensar en el tipo de régimen que queremos para nuestro Estado. Los países que mejor han enfrentado al virus son democracias representativas con capacidad estatal y sociedades dispuestas a hacer su parte como Alemania o Corea del Sur. Por el contrario, los países que peor lo han pasado son aquellos con régimen autoritario como Irán, y democracias atrofiadas como los Estados Unidos. En México —lo he mencionado antes— vivimos una regresión democrática que nos aboca al peor escenario posible: un gobierno autoritario con un Estado débil e incapaz de coordinar acciones colectivas. 

En esta emergencia sanitaria el tipo de régimen también importa. En México vivimos una regresión democrática que nos aboca al peor escenario: un gobierno autoritario con un Estado débil.

Es momento de que los mexicanos cuestionemos seriamente varios lugares comunes, machacones y cansinos como lo son todos, que imperan en nuestra vida pública. Ejemplos sobran: “ningún partido político me representa,” “todos los políticos son iguales,” “que se vayan todos,” “no podemos estar peor,” etc. Lo cierto es que necesitamos partidos políticos, instituciones fuertes, políticos de saco y corbata, y sobre todo ciudadanos que quieran involucrarse con ellos y participar de lo público, esto es, formar parte activa del Estado.

Caveat lector: The opinions expressed in this blog are strictly personal, and do not necessarily reflect the views of Global Brief.

Caveat lector: Las opiniones expresadas en este blog son estrictamente personales y no reflejan necesariamente las posiciones de Global Brief.

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