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Haití en la mirada del mundo

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Haití en la mirada del mundo

Al menos por el momento, ya todo ha sido dicho sobre la catástrofe haitiana. Se han gastado muchas palabras para describir la tragedia humana pero, por una vez, las palabras fueron acompañadas de acciones y, en este caso, eso es lo que cuenta. También bastante se ha dicho sobre “lo que se ha dicho”. En numerosos diarios importantes, de Estados Unidos a Francia, de Canadá a Israel, se retrata la reacción de la gente ante el cataclismo. Generalmente, se observa, por supuesto, una actitud de compasión, de generosidad y, por qué no, de ansiedad (lo que le pasa a otros bien nos puede pasar a nosotros algún día). Pero también se ha visto un discurso más oscuro, más pesimista, más cínico. ¿Para qué gastar recursos en reconstruir Haití? Algunos argumentan que la corrupción engullirá todos los fondos de los países ricos. Otros, que se trata de un estado fallido (a failed state), por lo que ya no es posible repararlo de todos modos. “Mudemos el país entero a otra isla”. “Creemos un protectorado internacional para gobernar Haití”. Asimismo, con lógica fría y poca amistad hacia quienes viven a miles de kilómetros de distancia, ciertos comentadores cuestionan la idea de ayudar a otros, cuando en sus propias sociedades existen carencias graves. No olvidemos a los que ven en lo que ha ocurrido en Haití una especie de signo: hablan de “mala suerte”, de “maldición” y, con cierto delirio místico, de “castigo divino”.

Pues entonces, lo obvio: cada quien ve en Haití, como en un espejo de cuento de hadas, sus propios ideales, miedos y prejuicios. Haití nos permite sentirnos magnánimos, porque damos sin otro motivo que la caridad. Haití nos permite sentirnos cómodos, porque vemos que la desgracia ajena está lejos y no nos afecta en absoluto. Haití nos permite sentirnos superiores, porque nosotros tenemos mejores defensas contra los caprichos de la naturaleza. Haití tiene todo para que nuestros reflejos humanitarios – y nuestros sentimientos de culpabilidad – se desplieguen sin trabas. ¿Demostraríamos la misma vocación si se tratara de una nación más “antipática”? En otros términos, es válido preguntarse si no existe, en la reacción – claro que encomiable en sí – de los países ricos, un dejo de paternalismo…

¿Es ésta una lectura demasiado negativa? Tal vez. Es, en efecto, injusto menoscabar los verdaderos impulsos de solidaridad que han surgido de casi todos los rincones del planeta. Es incluso alentador constatar que gobiernos, organismos de la sociedad civil y gente común coincidan con tanta energía y determinación en un proyecto altruista. Ojalá que la respuesta global a la tragedia haitiana sea el modelo de futuras acciones internacionales ante el infortunio. Y que no haga falta esperar las grandes calamidades para ayudar: millones de personas sufren todos los días hambre, enfermedad e inseguridad en el mundo. Pero, claro, ellos no figuran en los medios de comunicación y no nos sirven de espejo.

Caveat lector: The opinions expressed in this blog are strictly personal, and do not necessarily reflect the views of Global Brief or the Glendon School of Public and International Affairs.

Advertencia: Las opiniones expresadas en este blog son estrictamente personales y no reflejan necesariamente las posiciones de Global Brief o de la Glendon School of Public and International Affairs.

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