José López Portillo: apellido, poder y dinero

September 29, 2018     
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A dos años de su muerte, el expresidente sigue fascinando a cronistas e historiadores por igual, quienes ven en él a un personaje de novela trágica y a la vez picaresca.*

Las reglas de etiqueta recomiendan evitar los temas polémicos en reuniones sociales. Por ello, muchas familas evitan hablar de política en las mesa: nadie quiere arruinar un domingo familiar con una discusión bizantina entre parientes por diferencias ideológicas ¿verdad? Pero ¿es que la cortesía debe ser territorio exclusivo de la banalidad? ¿Es posible discutir temas trascendentes sin comprometer la amistad y la armonía? Creemos que sí, y por ello es que en esta ocasión hemos cedido a nuestra curiosidad por la vida de un hombre que a ningún mexicano le resulta ajeno: el expresidente José López Portillo y Pacheco.
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Principios
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Nacido en el año 1920 en la Ciudad de México en el seno de una familia de larga tradición política, don José López Portillo fue el hijo más pequeño —y único varón— del matrimonio formado por Refugio Pacheco y José López Portillo y Weber. A pesar de su ilustre apellido su infancia transcurrió en la estrechez, pues la Revolución arrebató a la familia gran parte de su fortuna. Ello obligó al padre de don José a inscribirle en una escuela oficial y no en una confesional, tal como era costumbre entre las familias de abolengo de la época.
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“Pequeñas decisiones a la larga tienen grandes efectos” reza la ley física y social conocida como efecto mariposa. La decisión de López Portillo padre demuestra su validez, pues en aquella escuela oficial su hijo entabló una amistad de consecuencias nacionales con un compañero de banca de nombre Luis Echeverría. Indirectamente, la decisión del padre había sellado el destino del hijo —y con ello el de un país entero.
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Juventud divino tesoro
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Durante su infancia, don José López Portillo fue un niño como cualquier otro. Pero al llegar a la adolescencia su inquietud y curiosidad le hicieron destacar entre su generación. Al respecto, Luis Echeverría recuerda a su amigo como “un joven muy ilustrado, muy inquieto y extravagante, con cierto vuelo filosófico.” Basta una pequeña ojeada a las memorias de don José para corroborar esa impresión: “[me encontraba] lleno de sinceridad y de ingenuidad; de penetración cósmica. [Quería] saberlo todo y pronto; explorar lo absoluto; andar mucho y llegar a ningún lado.” Esa juvenil ansiedad no fue reprimida, y a los dieciocho años emprendió al lado de Echeverría un viaje iniciático a Chile y Argentina. Eran los años cuarentas y en un mundo en guerra don José experimentaba las alegrías y aflicciones de la primera juventud.
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Al terminar la preparatoria, ambos jóvenes decidieron estudiar Derecho en la UNAM aunque con objetivos diferentes: Luis Echeverría pensando en hacer una carrera política y don José incursionar en la academia y el magisterio del Derecho. De a poco sus intereses les fueron separando. Para cuando terminaron sus estudios ya apenas tenían algo en común, sólo un lazo de amistad que andando el tiempo demostraría su fortaleza.
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Mientras llegaba ese momento, don José decidió ejercer su profesión y para ello abrió un despacho donde llevaría pequeños y grandes asuntos legales. En alguna entrevista hace mención de aquellos días y en particular recuerda el doloroso proceso de divorcio de su hermana Margarita, a quien defendió en su calidad de jefe de familia y abogado familiar. En ese momento de su vida la política –ya no digamos la presidencia estaban muy lejos de su horizonte vital.
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La vida empieza a los 40
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“Entré a la política a los cuarenta años. No tuve tiempo ni de hacerme ilusiones, porque era ya grande”, comenta don José en La Herencia, el libro del excanciller Jorge G. Castañeda. Aunque sería ingenuo de nuestra parte creer a pie juntillas sus dichos, lo cierto es que a esa edad su amigo Luis ya contaba veinte años en el PRI. En comparación don José resultaba un novato en la arena política. Ello, sin embargo, no fue un obstáculo para que rápidamente ascendiera puestos en el partido y la burocracia, y en unos cuantos años pasó de ser asesor técnico a director, para más tarde ocupar –cuando los hados del poder favorecieron a Echeverría— los cargos de subsecretario de patrimonio, director de la CFE, y secretario de Hacienda —tan sólo un peldaño abajo de la presidencia.
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Para quien realmente quiera enterarse del complicado proceso sucesorio que finalmente favoreció a don José en la sucesión de 1976, remítase al libro de Castañeda antes citado. Nosotros nos dejaremos guiar por un principio de razón suficiente, y en ese sentido le creemos a don José cuando afirma: “puedo ponerme trascendental y pensar en cosas importantes, pero creo que [Echeverría se inclinó por mi], en primer lugar, por la amistad entrañable que teníamos desde niños.” Habrá quien ante esta declaración se desgarre las vestiduras e indignado señale que se trató de un arreglo entre compadres, pero siendo sinceros es una decisión perfectamente entendible: ¿en quién podemos confiar si no es en los amigos? ¿No vale una amistad la presidencia y mucho más?
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Señor presidente
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El periodo presidencial de don José López Portillo fue, por decir lo menos, el más polémico que se recuerde en la historia reciente del país. No es este el momento ni el lugar para realizar un balance de su gestión, esa es tarea de otras publicaciones y de otros autores. Recuerden ustedes que estamos interesados en la faceta privada del hombre público, y por ello en este punto de la historia daremos un salto en el tiempo para ubicarnos en diciembre de 1982: las postrimerías de su sexenio.
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El último año de su mandato fue un annus horribilis para muchos mexicanos, incluyendo a don José, quien terminaba su periodo en medio de una gran crisis personal y política. Desacreditado por su paso en el gobierno y por los subsecuentes escándalos de corrupción en su círculo cercano, decidió refugiarse de la vida pública en su tristemente célebre residencia de Bosques de las Lomas. Su progresivo aislamiento también obedecía secretamente a los problemas de salud que ya acusaba, y que años más tarde le llevarían a afirmar que “para ser viejo hay que ser muy hombre”. Una frase muy cierta, máxime para un hombre como él que en plenitud no se arredró ante nada ni nadie en la consecución de sus afanes.
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En sus últimos años sus achaques físicos se agravaron al tiempo que sus publicitadas batallas legales con Sasha Montenegro subían de tono (¿Qué pasó don José, se acabó el amor? –No, se acabó el dinero). Finalmente a la edad de 83 habría de sucumbir el 17 de febrero de 2004 en el hospital Ángeles del Pedregal. Como es costumbre es esas circunstancias, los acerbos juicios cedieron paso a mesuradas elegías. Creemos que es de justicia dicho reconocimiento: mirar al pasado con amargura es un ejercicio estéril que a nada conduce. Aprendamos de la historia pero también aprendamos a reír de ella, es lo más saludable. En el caso de don José López Portillo su vida pública y privada pueden resultar fascinantes objetos de estudio si se abordan con generosidad y ligereza de espíritu, y para muestra un último botón de sus memorias: “Fui muy macho, jamás un coyón rajado. Acepté el prestigio del machismo y lo viví intensamente: respondiendo a todos los retos… y con la terquedad del niño, la arrogancia del joven y la necedad del viejo, jamás me rajaré, ¡palabra de macho!”
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*This light-hearted article was originally published in Quattro magazine, April 2006, on the occasion of the second anniversary of the passing of José López Portillo. Here I re-publish it in view of the fact that in about two more months, Mexico will have a new president with the same last name: Andrés Manuel López Obrador, or AMLO. He will join a list of presidents with ‘López’ as surname, some of them reviled (Antonio López de Santa Anna) and some of them beloved (Adolfo López Mateos).
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Caveat lector: The opinions expressed in this blog are strictly personal, and do not necessarily reflect the views of Global Brief.
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