El PRIAN existió y lo vamos a extrañar

June 13, 2018     
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Más allá de los epítetos de López Obrador, el PRIAN debería entenderse como un proyecto entre el gobierno y la oposición para lograr la democratización de México. Este proyecto se remonta a fines de los 1970s cuando el PRI-gobierno se convenció de que era en su propio beneficio tolerar un mínimo de competencia política. La razón era muy sencilla: en las elecciones presidenciales de 1976 su candidato, José López Portillo, se quedó solo sin contrincante. Fue un bochorno para un régimen al que finalmente se le había caído su careta democrática.
La solución planteada desde el gobierno fue la aprobación en 1977 de la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procedimientos Electorales (LOPPE), cuyo objetivo era abrirle la puerta del Congreso a los partidos de oposición. Para ello, la LOPPE estableció un incremento en el número de diputados federales de 186 a 400, e introdujo un sistema mixto de  representación bajo el cual 300 diputados se elegirían por mayoría relativa y 100 por representación proporcional. Estas reformas no intentaban iniciar una transición de régimen político, sino dotar al PRI de una mínima pátina democrática; prueba de ello fue que la LOPPE dejó la organización de las elecciones en manos del PRI-gobierno.
La aprobación de la LOPPE puso al PAN ante dos opciones bien distintas: 1) boicotear las elecciones —¿quién querría participar en una competición en la que el adversario es también el árbitro?; ó 2)  participar a sabiendas de que habría fraude y ya después presentar recursos legales. Recordemos, además, que para todo efecto práctico el PAN era el único partido opositor a fines de los 1970s.
Al final en el PAN optaron por la segunda opción y ahí empezó una larga novela llamada transición democrática, cuya trama consistió en un movimiento circular de elecciones fraudulentes, protestas callejeras, reformas electorales, y vuelta a empezar.
En este proceso el PRI y el PAN colaboraron cada uno desde su trinchera. El PRI logró neutralizar a su sector más montaraz (Bartlett y compañía), que se opuso desde el primer día a cualquier reforma que le quitara al gobierno la organización de las elecciones. El PAN, por su parte, colaboró al no abandonar las negociaciones a pesar de que las elecciones en los 1980s y 1990s continuaron siendo fraudulentas.
La transición mexicana concluyó alrededor de 1996 cuando se aprobó la llamada “reforma definitiva”, la cual removió completamente al poder ejecutivo de los órganos electorales y puso en manos del IFE y el TEPJF la organización y sanción de las elecciones.
La contribución del PRIAN a la democracia, sin embargo, no quedó ahí. Ha sido fundamental para ella y sus instituciones que ambos partidos hayan aceptado sus derrotas electorales. El PRI en 2000 y 2006, y el PAN en 2012.
¿Cuál es pues la moraleja de la historia? Que la democracia no puede ser la promesa de campaña de un sólo candidato. Se necesitan actores en el gobierno y la oposición que logren pactar las reformas necesarias, y que estén dispuestos a aceptar gradualismos. Si una de las dos partes no cumple con estos requisitos simplemente no puede haber transición. En el caso de México, estos roles los jugaron principalmente el PRI y el PAN.
La derrota del PRIAN (si es que llega a darse) no debe entenderse pues como el final del villano de la película. Se puede ganar o perder una elección, pero lo que no debemos hacer es perder la memoria. A despecho de tanto cantamañas que anuncia la llegada a México de una supuesta “auténtica democracia”, el hecho es que fue el PRIAN el que estableció las reglas democráticas en este país. Y como ya muchos lo saben de primera mano, la democracia conlleva conflicto, diatriba, encono, y puede acabar en una parálisis legislativa. Señas todas de una sociedad que reconoce que no todos pensamos igual, y de un gobierno que no le impone cartillas morales a sus ciudadanos.
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