La Barcelona que se nos fue

October 13, 2017     
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Conocí Barcelona de 25 años. Corría el año 2004 y Zapatero llevaba poco más de seis meses como presidente del Gobierno. En la Generalitat, mientras tanto, el tripartito encabezado por Maragall se ofrecía como una bocanada de aire fresco después de 23 años de gobiernos de CiU. Aquel recorrido por España fue el viaje iniciático que todos en algún momento hacemos, y Barcelona para mi su punto más alto. La capital catalana se me presentó como un puerto de almas errantes que, sin prisas, gravitaban hacia ella irremediablemente. En aquel tiempo la Ciutat Vella era una mescolanza de forasteros: jóvenes latinoamericanos, norafricanos de mirada torva, hombres solos de Europa del este, y muchos vagales españoles de otras partes del Reino. Para el viajero, aquel panorama no tenía un ápice de “catalán” ni de provinciano. Todo lo contrario: La Rambla era un punto de encuentro de variopintas nacionalidades que se comunicaban en un español chabacano. Vale decir, además, que la mayoría eran residentes de la ciudad y no turistas. En ese contexto ocurría entonces lo que todo viajero anhela: el milagro del anonimato, que permite al viajero sentirse a sus anchas. Pues si no hay una identidad que se interponga entre uno y la cosa, y si todos venimos de fuera, entonces nadie es dueño de nada y todos somos dueños de todo.
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En aquel tiempo el secesionismo ya existía pero era minoritario. De vez en cuando alguna pinta o cartel nos lo traía a la memoria, pero era una noción tan ajena al obvio mestizaje y tan discordante a los acentos de La Rambla que poca atención levantaba. Lo fundamental era lo que a ojos vista teníamos enfrente: una ciudad a la que muchos se acercaban y que entonces parecía infinitamente tolerante y con enorme capacidad de absorber a sus visitantes.
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La ciudad cambió como cambia todo. Las dos veces que regresé en 2007 y 2009 se había transformado en un destino turístico. Donde había edificios residenciales ahora había hoteles y pisos en renta, y donde había fondas de comida paquistaní auténtica ahora había restaurantes de tapas, caros y malos. El hostal en que me quedé en 2004 me costó 12 euros la noche, para 2007 pedían 50 por el mismo sucio colchón.
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Más preocupante, sin embargo, fue el cambio en el clima político que ya se presentía en 2009. Producto de la crisis económica que abatió a Europa y se cebó con España, el secesionismo levantó cabeza. El germen de aquella semilla hoy ha puesto a la democracia española a la defensiva, al tiempo que ha envenenado el ambiente de una ciudad que antaño era alérgica a definiciones e identidades monolíticas. Una mentira del secesionismo ha sido en particular nociva: aquella que sostiene que los catalanes tienen derecho a decidir. Asi en abstracto ese derecho no existe. Primero hay que definir a qué tienen derecho. Tienen, por ejemplo, derecho a decidir sus autoridades autonómicas. Tienen también derecho a iniciar una reforma constitucional que modifique la estructura territorial del Estado español. No lo tienen, sin embargo, para declarar unilateralmente su independencia (algo que la mayoría de los catalanes no desea, por cierto). Hacerlo sería ilegal y por lo tanto carente de efectos. Ello es porque la democracia no es hacer lo que le venga en gana a uno. La democracia se sostiene en la ley, en este caso la Constitución española de 1978, que ampara y da cauce a la voluntad popular de los españoles. Una voluntad popular al margen de la ley se transforma simplemente en la tiranía de la mayoría.
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El actual embrollo fue creado exclusivamente por las autoridades de la Generalitat. Su solución es sólo una y pasa por defender el estado de derecho y la Constitución española, con todos lo medios que la ley autoriza al Gobierno de España. Va en juego el futuro del país y también las libertades democráticas de todos los ciudadanos españoles.
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