El mentiroso y el charlatán

March 9, 2017     
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AMLO y Trump sí se parecen en algo: ambos son políticos charlatanes. Digo esto no de forma peyorativa sino descriptiva, basándome en la diferencia entre mentira y charlatenería trazada por el filósofo estadounidense Harry G. Frankfurt. En su clásico ensayo titulado On Bullshit (2005), Frankfurt señala que los mentirosos se distinguen de los charlatanes porque los primeros se insertan firmemente en la realidad mientras que los segundos no. La diferencia es importante porque determina cómo ambos persiguen sus intereses. Frankfurt explica que el mentiroso intenta alejarnos de la correcta interpretación de la realidad que incluso él reconoce (no se puede mentir sin conocer la verdad, o al menos pensar que se conoce). El charlatán, por su parte, lo hace con independencia de esa interpretación compartida, lo que no significa que todo lo que dice sea mentira sino que sus dichos van por fuera de la dualidad verdadero-falso. Frankfurt concluye afirmando que el éxito para el mentiroso y el charlatán depende de cosas distintas: el mentiroso tendra éxito si logra esconder sus aviesas intenciones, el charlatán si logra disimular su desdén por la verdad.
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Todos los políticos son mentirosos puesto que la hipocresía es para ellos la única moral posible (y hay quien dice que también para todo ser humano que tenga por costumbre vivir en sociedad). No todos los políticos, sin embargo, son también charlatanes. Y no porque la charlatanería sea una práctica más difícil de dominar, todo lo contrario. Frankfurt señala que mentir es técnicamente superior porque el mentiroso se inserta en una realidad que él y su audiencia reconocen, siendo la labor del mentiroso alterarla insertando falsedades en el momento y lugares precisos. El charlatán, en cambio, no está sujeto a los referentes que la realidad impone y goza de completa libertad para dar rienda suelta a su creatividad. Fruto de ella son, en el caso de AMLO por ejemplo, los diabólicos algoritmos cibernéticos del IFE que denunciaba 2006, o en el caso de Trump los millones de indocumentados que según él votaron tramposamente por Hillary. Libres ya de las ataduras que la realidad impone, volamos a terrenos donde cualquier cosa puede ser.
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Pero si mentir es técnicamente superior a la charlatanería, ¿por qué entonces hay más mentirosos que charlatanes en las democracias modernas? Probablemente se deba a que las reglas democráticas limitan la llegada de los segundos… hasta cierto punto. Como lo ha dicho mi admirada Rosa Díez, la vida democrática consiste básicamente en cumplir la ley: que el presidente respete la independencia del congreso, que los militares respeten la vía civil, que los partidos no recurran a la violencia, etc. Estos acotados márgenes legales moderan la propensión a la charlatanería que habita en todos los políticos. Pero por pocos que sean los charlatanes no dejan de ser formidables enemigos políticos, pues al no estar ceñidos a la realidad es imposible argumentar lógicamente con ellos. Y por ello para Frankfurt el charlatán es más peligroso que el mentiroso, pues éste último es a fin de cuentas el reverso de aquel que habla con la verdad: ambos parten del mismo punto si bien en direcciones opuestas.
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Frankfurt observa, sin embargo, que si bien la charlatanería es más dañina que la mentira, existe más tolerancia social hacia ella. ¿A qué se debe esto? Una razón ha de ser la perenne condena moral contra el falso testimonio expresada tanto en el pensamiento religioso (Ley mosaica) como en el filosófico (Kant y su insistencia en decir la verdad incluso cuando nos condene). Frankfurt, no obstante, sugiere que al charlatán se le tolera porque puede llegar a decir verdades (¡oh, ironía!) que nadie se atreve a decir: “The bullshitter is faking things. But this does not mean that he necessarily gets them wrong.” En este sentido el charlatán se asemeja al arquetipo jungiano de El Loco, o a la figura del tonto shakesperiano como lo observa James S. Gordon en su artículo en The Guardian. Para Gordon como para Frankfurt, el tontiloco cumple una función social importante: cuestionar nuestras convicciones y burlarse de nuestras vanidades, ¡y hay que saber escucharle! Por ejemplo, cuando AMLO habla de la mafia del poder no es aconsejable taparse los oídos, mejor examinar la estructura oligárquica de nuestro país: la mafia es una entelequia, la oligarquía es bien real y tiene nombres y apellidos. De la misma forma con Trump: su muro es una fantasía, pero la inseguridad existencial de los Estados Unidos no.
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Caveat lector: The opinions expressed in this blog are strictly personal, and do not necessarily reflect the views of Global Brief.
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