Trump en nuestro laberinto

April 27, 2016     
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Los mexicanos podemos criticar ferozmente a nuestro país, pero si las críticas vienen de fuera nos ofendemos gravemente. La exitosa campaña de Donald Trump por la candidatura republicana ha evidenciado una vez más esta característica nuestra que algunos psiquiatras no dudarían en calificar de paranoide. Los continuos dislates del magnate neoyorkino en referencia a México han levantado una ola de indignación nacional y motivado al gobierno a salir en su defensa (de la sociedad y de la patria se entiende). Primero vinieron indirectas despechadas desde presidencia, como quien reflexiona en voz alta frente al vecino para transmitir sus reproches. Después fue la comparación de Trump con Hitler y Mussolini por parte del propio Peña, un viejo estribillo del PRI para con sus adversarios del que tanto abusaba Echeverría. Y ahora hace unos días se ha anunciado la salida fulminante del recientemente nombrado embajador mexicano en Washington, Miguel Basañez, y su reemplazo por Carlos Manuel Sada Solana, quien en su ratificación ante el Senado afirmó pomposamente que “desplegaría una estrategia multifacética” para responder a Trump. A lo que añadió de forma lastimera que “si arrastro una frustración estos 25 años [en el Servicio Exterior Mexicano], son estos ataques recurrentes contra nuestra gente que cada vez se hacen más virulentos. Ahí están Jesse James, Ross Perot. Y nos dan una bofetada y ponemos la otra. Me parece que eso no puede ser.”
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Existen otras formas de encajar críticas y burlas sin caer en la indignación ni los gimoteos. Actitudes éstas desagradables y en nuestro caso hipócritas: así como las diatribas anti-mexicanas otorgan réditos en algunos círculos de EUA, el anti-americanismo en México sigue siendo la postura politicamente correcta entre los políticos de todos los partidos (¡ay de aquel que manifestara su admiración por EUA y sus valores!). Frente a los alegatos cáusticos de Trump sobre México lo mejor es responder con lo justo y con humor. En efecto, muchos de estos alegatos se pueden desmontar facilmente desde la frialdad de la estadística. Por ejemplo, su señalamiento sobre una correlación entre el número de inmigrantes indocumentados y el crimen en los estados que los acogen no encuentra sustento empírico por ningún lado. Claro está que los políticos de allá y de aquí no están interesados en debates académicos sino en motivar a la gente a salir a votar por ellos sea por convicción o miedo. Si los dichos de Trump son entonces puras necedades, ¿qué se puede hacer? Simplemente tomarlo con humor, una predisposición exquisita y tan escasa en nuestra solemne vida pública. Innumerables ejemplos demuestran que el humor es la mejor arma en las escaramuzas electoreras. Freud lo señala en su estudio El chiste y su relación con el inconsciente: “Presentando a [nuestro enemigo] como insignificante, despreciable o cómico, nos proporcionamos indirectamente el placer de su derrota”. Y esto lo sabe Trump mejor que nadie: sus insultos a sus contrincantes Rand Paul y Marco Rubio durante los debates republicanos fueron devastadores para éstos (y francamente graciosos).
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Es cierto que Trump es un bravucón y un vulgar. El propio presidente Obama lo experimentó en carne propia cuando se vio en la necesidad de humillarse y mostrar su acta de nacimiento ante sus constantes provocaciones. Pero no olvidemos que se trata de un candidato haciendo lo que los candidatos hacen: calentar la grada. No le hagamos el caldo gordo con una indignación fuera de lugar. Tomémoslo por el lado amable, ¿o no que los mexicanos nos reímos de todo?
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Caveat lector: The opinions expressed in this blog are strictly personal, and do not necessarily reflect the views of Global Brief.
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