Sociedad civil y partidos

October 1, 2015     
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Leí con interés el ensayo en horizontal.mx de Alejandra Leal Martínez titulado “El despertar de la sociedad civil: sismo del 85 y neoliberalismo”. Su introducción en particular me pareció perspicaz: “Según la narrativa popular del sismo, ante aquella tragedia sin precedentes, la sociedad capitalina descubrió su fuerza y autonomía —su capacidad de organización al margen de los aparatos estatales— y se trasformó en sociedad civil. Comenzó entonces el principio del fin del autoritario régimen posrevolucionario. De este modo, el sismo se volvió metáfora de un temblor político y social que transformó para siempre a la Ciudad de México, si no es que a todo el país.” En línea con el título del ensayo, sin embargo, el argumento central de Leal tiene poco que ver con el cambio de régimen y mucho con la apertura económica de los años ochentas: “Lo que propongo a partir del análisis de múltiples textos periodísticos en torno al ‘despertar de la sociedad civil’ después del sismo es pensar el auge del concepto como parte de los procesos de neoliberalización de las últimas décadas.” De haber seguido más de cerca la pista del cambio de régimen, Leal quizás habría dado con un aspecto más relevante en torno a la ‘sociedad civil’: la exclusión de los partidos políticos de ella.
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Vamos por partes. Recordemos que la aparición del concepto ‘sociedad civil’ en México ocurre en pleno autoritarismo priísta. ¿Cómo eran entonces las relaciones Estado-sociedad? Esencialmente se daban a través de un pacto corporativista en el que organizaciones afines al PRI (SNTE, CTM, CNC, CNOP, FSTSE) aspiraban a representar los intereses de la sociedad entera. Fuese usted profesor, burócrata, actor, economista o voceador, existía una asociación que le representaba frente al Estado. La ‘sociedad civil’ era entonces lo que quedaba fuera de este pacto, que no era poco: ministros de culto, periodistas, partidos de oposición y sus líderes, académicos, ex priístas, funcionarios en retiro, poetas, escritores, bohemios, y en fin, personalidades de todos los ámbitos de la vida. Un repaso a los miembros del Grupo San Ángel, la voz de la sociedad civil por antonomasia en los noventas, da buena idea de su perfil: Jorge G. Castañeda, Adolfo Aguilar Zínzer, Sergio Aguayo, Amalia García, Joel Ortega, Alejandro Gertz, Manuel Camacho, Lorenzo Meyer, Vicente Fox, como no podían faltar Carlos Monsivais y Elena Poniatowska, Bernardo Sepúlveda Amor, Tatiana Clouthier, aunque no se crea Paco Ignacio Taibo II, Clara Jusidman, Federico y Jesús Reyes Heroles, el eterno Demetrio Sodi, Ricardo García Sainz, Samuel Ruiz, David Ibarra, entre otros. Habida cuenta de que el acceso y el ejercicio del poder les estaba vedado a varios de ellos, y otros por simple esnobismo lo despreciaban, el Grupo San Ángel adquirió ante los ojos de muchos (y sobre todos a los suyos propios) una aura de superioridad moral en su quehacer público y político. Si el poder corrompe, entonces los que están lejos de él deben de ser almas desinteresadas ¿no?
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México y la sociedad mexicana, sobra decirlo, son bien distintas al de los ochentas y noventas. Leal, sin embargo, establece una continuidad entre  los procesos privatizadores de entonces y el concepto ‘sociedad civil’ de hoy. Sin negar esa posibilidad, ella pierde vista la verdadera historia aquí: la resignificación del concepto mismo. Al retroceder electoralmente, el PRI fue abandonando espacios públicos que fueron lentamente ocupados por una pluralidad de actores de, oh sorpresa, la ‘sociedad civil.’ Este trasvase es claramente visible en el caso del Grupo San Ángel, varios de cuyo miembros alcanzaron el poder de la mano de Fox (Castañeda, Zínzer), lograron gubernaturas (Amalia García), despachos en el gobierno capitalino (Joel Ortega, Gertz, Jusidman), y curules en el congreso (Ricardo García Sainz, Sodi). Si en el contexto democrático de hoy los órganos del Estado son ocupados por la ‘sociedad civil’ ¿qué entonces queda de ella? Como era de esperarse el concepto se reconfiguró: sin perder su aura de superioridad moral, hoy excluye explicitamente a los partidos políticos —y en general a los “políticos.” Error. Trazar una línea divisoria entre la sociedad (llámese civil si quieren) y los partidos es equivocado y peligroso. Equivocado porque, como ya lo he señalado en este espacio, es a través de los partidos que los ciudadanos ejercen dos de sus derechos políticos fundamentales: votar y ser votado. Peligroso porque allana el camino a actores anti-sistema con ansias de enterrar la “política y los políticos del pasado”, y que supuestamente emergen y representan a una sociedad homogénea, sin clases ni contradicciones.
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